La victoria del presidente electo Barack Obama en los Estados Unidos ha llenado de esperanza e ilusión a millones de personas a lo largo del Planeta en torno a su singular figura y el singular momento en el que ha sido elegido. Este hombre ha sido capaz de liderar un cambio importante en sí mismo para el país que le toca gobernar, aunque ya dije (el mismo lo ha dicho) que seguramente decepcionará.
Lo que le falta a Obama (al menos nosotros no lo conocemos) es una utopía. Algún lugar al que llevar al mundo, un objetivo, un horizonte. ¿Un cambio? si, pero ¿hacia donde?
La etimología de la palabra utopía la inventó Tomás Moro con su obra homónima allá por el siglo XVI y proviene del griego topos (lugar) y el prefijo u-, que indica negación. Utopía sería aquel lugar que no existe. Todo ser humano encuentra en su vida la necesidad de construir su realidad, tornear sus acciones y decisiones en tal sentido que favorezcan la asunción de la felicidad. Así cada persona basa su existencia en encontrar “lo que ahora no es” y quiere ser.
Pero además de sus anhelos individuales, el ser humano necesita sentir la armonía en su entorno social. Es ahí cuando entra en juego la política. Diseñar un modelo de coexistencia pacifica, libre y solidaria entre los seres humanos, debe ser el fín de toda conciencia política.
En base a esa conciencia, la utopía se constituye en el motor del progreso, puesto que el ser humano siempre ha actuado desde la perspectiva de lo que es y de lo que podría ser. Superar las desgracias, los infortunios y las privaciones de la vida es nuestro objetivo tanto individual como colectivamente para así alcanzar la felicidad.
Los seres humanos, al tener razón y conciencia, no aceptamos la realidad tal y como es. Por ello, toda actitud utópica niega el inmovilismo conservador o el fatalismo histórico. Un mundo sin esperanza, sin ilusión, sin ideas, es un mundo que no merece la pena ser vivido.
La historia del siglo XX ha sido lo suficientemente desgraciada como para haber logrado borrar de nuestra mente las utopías históricas, lo cual nos ha llenado de pesimismo. Algunos pensadores como Karl Popper o Francis Fukuyama nos sugirieron el abandono de las utopías y el fin de la historia. Si no hay utopías, no hay cambio; si no hay cambio, no hay progreso; y si no hay progreso, no hay historia.
Esta situación favorece a los grandes poderes de nuestro mundo, a los que disfrutan de todos los bienes imaginables y controlan los recursos y la riqueza del capital. Pero para los millones de personas que viven en la injusticia, la pobreza y la miseria, o para los millones de humanos que tenemos que conformarnos con lo que nos dan, la situación del actual sistema económico y político se torna desoladora y totalmente inaceptable.
Es evidente que ni usted, ni yo, ni Barack Obama, ni Zapatero, ni el G-20, van a conseguir un mundo perfecto y feliz en poco tiempo. Pero la visión utópica, idealista, nos ayuda a utilizar los recursos económicos, humanísticos o científicos al servicio de todos.
No podemos aceptar el conformismo en que se ha instalado la sociedad actual. No podemos aceptar dejar de ser ciudadanos para ser consumidores. No podemos aceptar que el ser humano se individualice tanto que parezca que ya no es humano porque no actúa, no se relaciona y no se solidariza con sus semejantes. No debemos aceptar estar conducidos por la publicidad o la opinión dirigida. No podemos aceptar el caos del mercado y someternos a los rigores de sus inclemencias.
A pesar de que en la crisis actual seguimos oyendo el mismo inmovilismo, los ciudadanos de este Planeta necesitamos de la política, necesitamos de las utopías. Al final, el ser humano siempre encuentra el camino por el cual alcanzar la libertad, romper sus cadenas y lograr un mundo más apropiado que dejarle a sus descendientes.
Utopía no ha muerto. Mi generación tiene la responsabilidad de desenterrar las viejas utopías para crear otras nuevas, y en ello debemos ocuparnos. Podríamos comenzar con respetar la dignidad humana y el entorno natural. Por solidarizarnos con los que sufren. Por encontrar la injusticia y denunciarla. Por dialogar con nuestros semejantes y establecer relaciones de cooperación mutua en beneficio colectivo, con demostrar nuestra responsabilidad moral y cívica, con practicar nuestro amor a la cultura y, en definitiva, todas aquellas grandes palabras que un día fueran esculpidas en el mármol para que fueran recordadas y que nosotros hemos osado olvidar.
Por ello, al presidente Barack Obama (cuya utopía desconocemos) le recomendaría que leyera este pasaje de la Utopía de Tomas Moro, al que no cabe calificar como socialista:
“…el solo y único camino hacia el bienestar público esta en declarar la comunidad de bienes, y esto no sé si se podrá guardar donde lo que posee cada uno es de su propiedad. Porque si cada cual, en virtud de unos títulos reconocidos, acapara para sí todo lo que puede cualquiera que sea la provisión existente, los pocos que se la reparten entera entre sí dejan en la inopia a los demás; y ocurre precisamente que los segundos se merecen mucho más la suerte de los primeros, pues éstos son rapaces, deshonestos e inútiles, los otros, por el contrario, hombres modestos, sencillos y, por su trabajo cotidiano, más rentables para la república y para sí mismos.”
Tomás Moro, Utopía, 1516