España, 1868. Isabel II es destronada por la Gloriosa Revolución liderada por el General Serrano que debía traer a nuestro país los avanzados ideales que habían iluminado a Francia en la revolución de 1789. Uno de los líderes de aquella Revolución fue el profesor de la Universidad Central de Madrid Emilio Castelar y Ripoll. Historiador, filósofo y escritor, este gaditano fue el líder más importante del movimiento republicano democrático y liberal de la España del siglo XIX. Por ello, participó en insurrecciones contra la monarquía, lo que le llevó a ser incluso condenado a la pena de muerte, de la que se salvó.
Destituida Isabel II, fue diputado en las Cortes Constituyentes y el reinado de Amadeo I. El fracaso de la monarquía saboyana en España, trajo consigo la proclamación de la I República Española, de la que Castelar fue primero Ministro de Estado y después Presidente.
Y esto viene a cuento porque Castelar pertenecía a una época en la cual ser culto en política no estaba mal visto. De este modo, Castelar ha pasado a la historia como el más brillante orador de la historia de España, teniendo una influencia importantísima en la prosa castellana contemporánea.
Hoy en día, en alguna ocasión, asistimos impávidos a espectáculos dantescos cuando algunos políticos nos sueltan unos discursos ininteligibles cuya finalidad última no es otra que la de provocar un corte en el telediario que capte sus ideas, aun cuando los asistentes al acto lo que capten sea la ausencia de ellas. Dicen los defensores de esta forma de comunicación política, que dirigir un inflado y bien construido discurso a los seguidores no tiene utilidad, porque a los mítines van los que ya están convencidos y en los parlamentos, normalmente, la disciplina de voto hace que ningún diputado tenga que convencerse de nada. Así las cosas, muchas personas hoy desprecian la retórica, aquella vieja disciplina que hacía de la oratoria todo un arte literario de la persuasión en la política. Seguramente habrán escuchado ustedes a alguien decir “eso es pura retórica” con ademán despectivo.
Eso a mi no me gusta. A mi me gusta oír un buen discurso, aunque no esté de acuerdo con quien lo pronuncia. Por eso soy lector habitual de libros que recopilan discursos de personajes importantes. Discursos que creaban emociones en quienes los escuchaban. Desde los tiempos de Cicerón o de la Atenas de Aristóteles, la palabra se ha usado en la política como un arte para la persuasión, con el que se transmitían las convicciones y la fortaleza de un determinado liderazgo.
Así que esto va de recomendación. Si tienen ustedes tiempo y ganas, lean este discurso de Emilio Castelar pronunciado en las Cortes Constituyentes españolas en 1870 sobre la abolición de la esclavitud en España, solo dos años después de la Gloriosa Revolución que destronara a Isabel II.
Recomendación: Léanlo en voz alta.




